lunes, 3 de noviembre de 2014

AIRES ACONDICIONADOS Y CALENTAMIENTO GLOBAL



Yo particularmente odio los aires acondicionados: me dan dolor de cabeza y me secan el pelo, la piel, los ojos, me taladran los oídos, y muchas veces me prorporcionan una gelidez sumamente desagradable. Me pregunto qué sentido tiene estar a 15 grados cuando hay 40 en el exterior.

Al parecer, cada vez hay más aires acondicionados en los países en desarrollo situados en regiones calurosas, haciendo la vida más fácil a muchas personas en lugares donde el calor es realmente insoportable. Al mismo tiempo crece la alarma de los científicos respecto del impacto de los gases con los que funcionan (porque  estos gases son poderosos agentes de calentamiento global).

Es decir, la “solución” temporal al creciente calor causa más calor duradero.

Así lo revela otro informe del New York Times, que indica que las ventas de aparatos de aire acondicionado crecen un 20 por ciento anual en China e India a medida que aumenta la clase media.

Los gases de los acondicionadores están regulados por medio de un tratado de 1987 llamado Protocolo de Montreal, creado para proteger la capa de ozono. Los viejos aparatos de clorofluorocarbono, o CFC (en extremo perjudiciales para la capa de ozono) se han ido eliminando, y los nuevos tienen escaso o ningún efecto en la capa de ozono.

Hasta ahí fenomenal. Sin embargo, los gases que han reemplazado los CFC –conocidos como HCFC— tienen un impacto que el tratado sobre el ozono no cubre: su peso hace que contribuyan al calentamiento global miles de veces más que el dióxido de carbono, el gas de efecto invernadero más abundante y que sirve de referencia.

El diario estadounidense cita como ejemplo la nueva generación de aires acondicionados que usan un gas refrigerante HFC llamado 410a y catalogado como “innocuo con el medio ambiente” porque no afecta al ozono. Y sin embargo, su “efecto invernadero” es 2.100 veces mayor que el del dióxido de carbono.

La solución existe, de acuerdo con el NYT, porque la mayor parte de los fabricantes han desarrollado opciones que no contribuyen al cambio climático. El problema es que no tienen los necesarios certificados para poderse comercializar y actualmente no existen muchos incentivos para que las empresas pongan estos productos en el mercado.

Protocolo de Montreal es un ejemplo de éxito del sistema multinacional. ¿Por qué no hay un equivalente para los gases de efecto invernadero? Habría que preguntarles a los líderes de los casi 190 países que se reunieron en Río de Janeiro hace apenas una semana.

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